Cuando su espalda sudaba
esparcía un olor como a fusión de naranjo
a hojas de mamey o a ciruelas verdes.
Sus senos tercamente erectos
dormitaban sobre mi pecho
como golondrinas cansadas
o girasoles de la tarde.
Sus labios tenían la simpleza de la sandía
y el carmesí de ciertas frutas del trópico.
Y sus nalgas ostentaban la exquisitez de una cena de dioses.
Salomón Borrasca



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